Bebo el toro

Existen historias que corren de boca en boca sin cambiar la esencia, aunque todos le ponen su parte, así se van enriqueciendo hasta que llega el momento en que pueden ser casi increíbles. Esta puede ser una de ellas.

Bebo le decían y su condominio era casi todo Dos Caminos, fundamentalmente, la esquina de la cafetería, ahí se le podía encontrar desde bien temprano en la mañana hasta entrada la noche. En ocasiones, se encontraba quieto por un rato pero, casi siempre, estaba dando pequeños paseítos de un lado a otro.

En Dos Caminos quizás pocos lo hayan olvidado, cómo olvidarlo si bajo aquella musculatura nada extraordinaria se escondía una fuerza descomunal, se contaba que en sus años mozos, cuando todavía pasaban el ganado suelto por las calles rumbo al matadero, un toro se salió de la vacada y más de un curioso tuvo que ponerse a buen resguardo, menos Bebo que estaba por allí y lo enfrentó; como en las películas lo derribó hasta que dos ganaderos con sus lazos lo amarraron de sus monturas. Desde entonces y para siempre fue “Bebo el toro”.

De hablar pausado y preciso, con frases cortas lo decía todo, siempre andaba solo y nunca lo vi alterarse por nada, a pocas personas lo vi saludarlo y a ningún chiquillo travieso escuché nunca molestarlo, su historia era de respeto.

Cuando yo lo conocí habían pasado años de aquella hazaña y estaba un tanto desequilibrado de la mente, pero allí en la esquina de la cafetera y hasta el parque él era bebo el toro y con un carácter recio y cortado te decía “amigo deme un cigarro”, alguien en tono de broma le decía, “Bebo ya te di uno ahorita” y entonces te decía “deme otro”. Hoy, quizás los jóvenes no lo recuerden pero quedará en la leyenda aquel que después de pedirte un cigarro dejaba a los más viejos haciendo la anécdota del toro derribado.

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